viernes 06 de febrero de 2026 - Edición Nº648

SOCIEDAD | 6 feb 2026

Por Franco Omar Quelin

El debate político no puede degradarse al agravio

10:50 |Cuestionar una gestión no habilita el insulto ni la descalificación personal hacia quien representa la máxima autoridad provincial.


Por: Redacción

La democracia se fortalece con el disenso, con la crítica y con el debate de ideas. Pero se debilita —y se degrada— cuando la discusión política se transforma en una catarata de descalificaciones personales, insultos y términos agresivos que poco aportan a la construcción colectiva.

En los últimos tiempos se han multiplicado expresiones públicas cargadas de violencia verbal hacia el gobernador de la provincia de Santa Cruz, Claudio Vidal. Más allá de las diferencias ideológicas, políticas o de gestión —que son legítimas y necesarias en cualquier sistema democrático— resulta preocupante el nivel de agresión con el que algunos sectores eligen manifestar su desacuerdo.

Un gobernador no es solo una persona: es la máxima autoridad institucional de una provincia, electa por el voto popular. Cuestionar sus decisiones, exigir explicaciones, marcar errores o señalar incumplimientos es un derecho ciudadano. Pero hacerlo mediante agravios, acusaciones extremas o calificativos desmedidos no solo empobrece el debate, sino que también erosiona el respeto por las instituciones que nos representan a todos.

La crítica política pierde fuerza cuando se apoya en el enojo y no en argumentos. Decir “traidor”, “siervo” o recurrir a términos que buscan deslegitimar moralmente al otro, en lugar de analizar políticas públicas concretas, no esclarece la realidad ni ofrece soluciones a los problemas de la provincia. Por el contrario, profundiza la grieta, alimenta el desencanto social y aleja a la ciudadanía de una participación madura y responsable.

Santa Cruz necesita debates firmes, sí, pero también serios. Necesita voces críticas que propongan, que comparen, que expliquen y que interpelen con fundamentos. La política no puede convertirse en un campo de insultos permanentes, porque cuando eso ocurre, los únicos que pierden son los vecinos y vecinas.

Defender la democracia también implica cuidar el lenguaje. No para callar las diferencias, sino para que esas diferencias se expresen con respeto, responsabilidad y altura institucional. Criticar es necesario. Agredir, no.

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