viernes 20 de febrero de 2026 - Edición Nº662

LECTORES | 20 feb 2026

Por Franco Omar Quelin

Camaleones del poder: cambiar de partido para sobrevivir

12:15 |Dirigentes que saltan de un espacio a otro según la conveniencia electoral, muchos de ellos además investigados por fraude o corrupción, exponen una de las mayores debilidades del sistema político: la falta de coherencia, ética y responsabilidad ante el votante.


Por: Redacción

 

En la política argentina —y en buena parte del mundo— hay una especie que nunca pasa de moda: el dirigente camaleónico. Aquel que ayer defendía con fervor un proyecto, hoy levanta las banderas del espacio opuesto y mañana, sin ruborizarse, vuelve a cambiar de color si el viento electoral así lo exige.

El problema no es la evolución ideológica. Las personas pueden revisar sus ideas, aprender, cambiar. Lo cuestionable es el oportunismo descarado: el pase estratégico cuando se cierran listas, cuando peligra una candidatura o cuando el poder se reconfigura. No se trata de convicciones, sino de supervivencia.

La gravedad aumenta cuando esos mismos protagonistas arrastran denuncias o investigaciones por fraude, malversación o hechos de corrupción. Cambiar de partido no solo les ofrece oxígeno político, sino también, muchas veces, protección, fueros o nuevos padrinazgos. El mensaje que recibe la sociedad es devastador: la impunidad también se negocia.

El votante no es ingenuo. Observa cómo algunos dirigentes critican con dureza lo que luego terminan integrando. Cómo prometen transparencia mientras negocian lugares en estructuras que antes denunciaban. Esa incoherencia erosiona la credibilidad no solo de las personas, sino del sistema democrático en su conjunto.

La política necesita debates de fondo, competencia de ideas y alternancia sana. Pero cuando el eje deja de ser el proyecto y pasa a ser la conveniencia individual, la democracia se vacía de contenido. Los partidos se convierten en plataformas circunstanciales y las convicciones en accesorios descartables.

La responsabilidad no es exclusiva de quienes cambian de camiseta. También es de los espacios que abren sus puertas sin exigir explicaciones claras ni coherencia con sus principios. La ética pública no puede ser selectiva ni depender de la aritmética electoral.

Recuperar la confianza exige reglas claras, memoria ciudadana y un compromiso real con la transparencia. Porque si la política se transforma en un mercado de pases permanente, donde todo se negocia y nada se sostiene, la democracia deja de ser una construcción colectiva para convertirse en un simple tablero de conveniencias.

Y cuando eso ocurre, los únicos que siempre pierden son los ciudadanos.

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