domingo 04 de octubre de 2026 - Edición Nº888

MUNDO | 4 oct 2026

Por Hinde Pomeraniec

Emmanuel Carrère: “Escribir no te da todos los derechos; no es necesario llegar a viejo para tomar conciencia de cierto límite moral”.

10:07 |De paso por Buenos Aires, adonde llegó para participar del FILBA, el gran escritor francés habla sobre su libro “Koljós”, en el que su historia familiar se entrelaza con la guerra en Ucrania. Otros temas: el periodismo, el mundo feliz de su generación y los miedos de un presente inquietante


Por: Redacción

Entrevista a Emmanuel Carrere

Carrère: "Me importa mucho el efecto que produce un libro cuando terminamos de leerlo; esa mirada retrospectiva sobre lo que acabamos de leer" (FILBA)

Algún día, en un futuro tal vez no muy lejano, alguien podrá contar al mismo tiempo cómo fue que los libros de Emmanuel Carrère (París, 1957) le abrieron la puerta a un género que se fue expandiendo hasta desbordar categorías y también le buscará una explicación al fenómeno de popularidad y pasión que despertó en 2026 su presencia en el FILBA, con emociones más propias del mundo del rock que del de la literatura.

Casi mil personas fueron a escuchar el viernes por la noche su diálogo con Leila Guerriero, la autora de La llamada, en la Facultad de Derecho (al momento del cierre de esta nota, 10 mil personas ya habían visto la charla por Youtube); un auditorio lleno lo recibió expectante el sábado en la mañana en el MALBA para escuchar su charla con el periodista y escritor Javier Sinay y en la semana diferentes medios publicaron montones de artículos y entrevistas con el escritor francés. En las redes sociales, en ciertos círculos una foto con Carrère o una dedicatoria suya cotizaba como lingote de oro.

Aunque fue también autor de ficción, fue en realidad su tratamiento de los textos de no ficción a partir del cruce de la crónica con la autobiografía y la historia lo que lo convirtió en referente ineludible de una forma de narrar. Su trabajo desde el periodismo con las herramientas narrativas de la novela se fueron desplegando a través de su obra, que sigue magnetizando lectores con textos nuevos pero también con sus ya clásicos El adversario, De vidas ajenas, Una novela rusa o Limonov.

Son las historias que aborda, sí, pero es también el uso de la primera persona que hace Carrère lo que seduce. Porque no es el “yo pavo real” que precisa exhibirse en su arrogancia sino una primera persona problemática y al borde de la caída, que muestra en crudo la complejidad humana. Nadie como él consigue retratar sus mezquindades, su capacidad de daño, sus pasiones desbordadas y también su necesidad de redención. Tal vez radique ahí, en esa forma singular de desnudo total que viene haciendo Carrère hace tanto tiempo, el pequeño milagro que sigue seduciendo a tantos lectores y lectoras en el mundo.

Quien esto escribe sucumbió a ese milagro hace muchos años, a partir de la lectura de De vidas ajenas y desde entonces ingresó al club de lectores irredentos de Carrère para no salir nunca más.

 

‘Koljós’, de Emmanuel Carrère (Anagrama)

‘Koljós’, de Emmanuel Carrère (Anagrama)

“Los libros, las películas y las historias que más me conmueven son aquellos que muestran al mismo tiempo las dimensiones horizontal y vertical de la vida. Horizontal: el amor, la amistad, las alianzas que se forjan cuando se cruzan las mismas aguas, la misma época. Vertical: las relaciones entre generaciones. Padres e hijos, antepasados y descendientes que vivieron en mundos distintos, que compartieron otros relatos colectivos, otros valores, otras certezas (...) Conforme me hago mayor, la que más me interesa es la vertical”, escribió en Koljós, su último libro, una obra monumental en la que despliega todo su saber y el primer libro que escribe luego de la muerte de sus padres.

Como en la mayoría de sus libros, Koljós es un nuevo experimento sobre la autobiografía porque hablar de los otros, sobre todo de los más cercanos, es también hablar de uno mismo. La figura más destacada del libro es Hélène Carrère, la madre del autor, historiadora y figura central de la cultura rusa, secretaria perpetua de la Academia Francesa y guardiana de la lengua. De orígenes rusos y georgianos, tomó Rusia como su objeto de estudio hasta el final de sus días. Tuvo con su hijo una relación intensa, apasionada y tormentosa. El libro habla de ella, pero también de Louis, el padre del autor, un hombre que vivió para mirarla y admirarla. Cuatro generaciones de la familia materna son narradas en este libro que, además, entrelaza esta historia con la actual guerra en Ucrania.

Es sábado a la mañana y en la biblioteca del MALBA un hombre de 68 años que no habla castellano va a entregarse a una entrevista más. Acaba de terminar una charla pública y de firmar decenas y decenas de ejemplares de sus libros. Está cansado y tiene hambre pero sonríe. Mientras espera lo que será su almuerzo, comienza a responder algunas preguntas. No responde con un discurso armado y, curiosamente, a veces pide un momento para pensar la respuesta, no por cansancio sino por responsabilidad, eso parece.

Tiene hambre y está cansado. Mi abuela decía siempre que para pedirle algo a un hombre que volvía del trabajo, primero había que darle de comer. Así que cuando llega la comida ligera, suspendemos la charla y me hago a un costado. Poco después es él quien avisa que ya está disponible para seguir conversando.

Lo hace también con una sonrisa.

Lo que sigue es una conversación en la que la gran traductora Agustina Blanco consiguió con talento y elegancia eliminar las trabas del lenguaje y que tiene a Koljós como tema central pero en la que abundaron referencias a cuestiones de actualidad como la política internacional, la tecnología y los derechos y los límites de todo escritor. También los miedos que acechan en un tiempo y un mundo que se empeñan en dejarnos sin ilusión.

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Entrevista con Emmanuel Carrere

"La gente en Ucrania tiene muchas ganas de hablar, los pone contentos poder hablar. Tienen mucho miedo de que los olvidemos", contó Carrère a propósito de una película que filmó en el país en guerra.

— Lo primero que quiero preguntarte es si te ponen nervioso las entrevistas cuando vas como entrevistador.

— Sí, me pongo más nervioso cuando yo entrevisto que cuando me entrevistan porque siempre hay que encontrar la manera de llegar al terreno del otro. En realidad, cuando me entrevistan yo siempre soy el mismo, mientras que cuando yo entrevisto a otros cada vez son personas distintas; siempre son relaciones distintas que se crean, o no se crean, a veces no se consigue un lazo ahí. Pero sí, por supuesto, es más estresante. También puede ser más interesante.

— ¿Y hacés algo en particular para que la persona con la que vas a hablar se relaje y entre en confianza? ¿Tenés alguna técnica especial para eso?

— No, no sé. Voy a pensar un segundo (N. de la R: Efectivamente queda un momento absorto y regresa a la conversación). Siempre está la idea de que a veces la situación de entrevista, de pregunta y respuesta, digo, pueda ser transformada en algo más parecido a una conversación. En ese caso no hay pregunta y respuesta sino que a veces ambas se transforman en un diálogo y puede ser muy agradable.

— Te lo preguntaba porque puede pasar que uno esté demasiado pendiente del cuestionario que preparó y se olvida que del otro lado hay una persona a quien hay que hay que mirar, prestarle atención.

— Sí, sí, no hay que aferrarse demasiado a las preguntas que hemos pensado. De manera general en las entrevistas, como en todo lo demás, lo mejor es que sucedan cosas inesperadas, imprevistas. Sí, creo que es eso, dejar lugar para lo imprevisto. No prever algo tan rígido que no podamos después dejar de lado.

— Leí que durante tu último viaje a Ucrania trabajaste en una producción que tiene que ver con trenes y con la gente que viaja dentro del país, que va y que viene. En ese caso, no se trataba de grandes personajes, imagino, sino más bien de gente común. ¿Qué fuiste a buscar ahí, en esas conversaciones en un país en guerra?

— La idea es que pasamos quince días tomando distintos trenes, los trenes que unen Kiev con las ciudades más cercanas. El que viaja en esos trenes es un tipo de pasajero particular que va en ese sentido. Hay soldados, familias de soldados. Buscamos conocer gente, pasajeros del tren comunes y corrientes. En cuanto a la gente que viaja en tren, ya hay una historia detrás de ellos. ¿De dónde vienen, a dónde van? ¿Alguien te acompañó a tomar el tren, alguien te está esperando? Hay toda una historia ahí. Pero, además, si la gente acepta hablarte ahí, tenés la ventaja de que los tenés a tu disposición durante varias horas. De modo que es una situación óptima entrevistar a alguien en un tren, entonces. Además, casi nadie se negó a hablar con nosotros. La gente en Ucrania tiene muchas ganas de hablar, los pone contentos poder hablar. Tienen mucho miedo de que los olvidemos. Nosotros debemos haber entrevistado, diría, entre treinta y cuarenta personas. De entre todos ellos debe haber unas quince personas que están presentes en la película. Lo cierto es que las entrevistas las hacía nuestra intérprete, que nos ayudaba, porque yo no hablo el idioma. Pero en su gran mayoría fueron entrevistas ricas, realmente apasionantes. Quizás hay que tener buenas preguntas para poder iniciar la conversación, pero la gente inmediatamente se disponía a contarnos sus vidas.

— Viajé a Ucrania en 2024 y en 2025 porque estoy escribiendo un libro sobre la guerra. La última vez viajé además a Jarkiv, muy cerca del frente. Noté en la mayoría de la gente con la que hablé un gran hastío, un cansancio enorme entre las personas y advertí de un año al otro que esto se había pronunciado.

— Exactamente. Sentí lo mismo. Yo hice esa película en el otoño europeo de 2024, hace dos años. Y tengo la misma sensación que vos, un agotamiento.

— Agotamiento, sí.

— Pero, al mismo tiempo, la idea de que no quieren soltar bocado. Si les proponen una paz de mierda, no quieren. Dicen: ¿Y para qué morimos tantos de nosotros? ¿Para no tener nada a cambio? La situación realmente es muy difícil para los ucranianos.

La historiadora Hélène Carrère d'Encausse, secretaria perpetua de la Academia Francesa y madre del escritor, murió en 2023. EFE/EPA/LUDOVIC MARIN / POOL

La historiadora Hélène Carrère d'Encausse, secretaria perpetua de la Academia Francesa y madre del escritor, murió en 2023. EFE/EPA/LUDOVIC MARIN / POOL

— Según contás en Koljós, estabas en Moscú cuando fue la invasión en febrero de 2022. Habías viajado porque estaban filmando la película Limonov, basada en tu libro.

— Sí.

— ¿Recordás qué sentiste en ese momento? Porque mientras la gente que te rodeaba se proponía salir del país, en lugar de huir, vos te quedaste unos días. Me refiero a si pensabas o pensaban que era algo que podía durar una semana, como la guerra en Georgia de 2008, o si intuiste que podía llegar a ser una guerra extensa como la que finalmente es.

— No me acuerdo muy bien. Sí había la impresión en la gente que yo veía, tanto entre mis amigos rusos o franceses, que lo que estaba pasando era algo enorme. En cualquier caso no podíamos pensar que era algo que iba a durar unos días nada más. Cuando entendimos hasta qué punto Ucrania estaba resistiendo nos dimos cuenta enseguida de que iba a ser algo grande. A tal punto, como lo conté, que entre mis amigos rusos que tenían recursos suficientes, económicos y profesionales, para poder irse a vivir al exterior, muchos lo hicieron. Pero sí, muchos se fueron o quisieron irse.

— Tu madre tenía una relación muy fuerte con Rusia, no solo por sus orígenes sino también por su profesión de historiadora y porque eligió Rusia como su objeto de estudio. En Koljós, en un momento contás que pocas semanas antes de la invasión a Ucrania, ella fue a un programa de TV y dijo que, por lo que conocía a Putin, imaginaba que no iba a cometer la locura de invadir y contás que lo que ocurrió luego la mortificó mucho. Cuando ella dijo que Putin no iba a ordenar la invasión, ¿pensás que era algo en lo que ella realmente creía o que tenía más que ver con una expresión de deseo?

— Creo que lo creía. Creo que mi madre veía a Putin como un jefe de Estado duro pero muy racional. Como alguien que juega con las reglas de la realpolitik y ahí en realidad hizo algo que puede parecer muy irracional. Así que sí, se sorprendió y la mortificó mucho haberse equivocado. Pero no fue la única. Realmente no fue la única que se equivocó en el diagnóstico.

— No, no. Muchos pensábamos: no va a ocurrir.

— Los únicos que lo decían, es cierto, eran los servicios secretos americanos.

— Y también por eso había cierta desconfianza.

— Sí, exactamente. Sí, claro.

— ¿Cuándo supiste que koljós, además de ser el juego por el que vos y tus hermanas se iban a la cama con tu madre cuando tu padre estaba de viaje, era el nombre de las granjas colectivas soviéticas?

— Creo que mis hermanas y yo tuvimos un conocimiento anormalmente precoz de lo que era un koljós. A los 6 años sabíamos lo que era porque nuestra madre nos lo enseñaba. Así que era una habilidad que teníamos ya y que era infrecuente en niños de esa edad.

— En tu libro contás lo que fue el último koljós familiar, que ocurrió en la clínica de cuidados paliativos donde finalmente murió tu mamá. Ese momento de unidad y abrazo con tus hermanas y tu madre debe haber sido muy reparador, ¿no?

— Sí, sí. Realmente fue un momento hermoso.

Militares ucranianos llevan el ataúd del soldado Danyil Smyrnov, de 21 años, que murió en combate, durante su funeral en Kiev, Ucrania, el jueves 3 de septiembre de 2026. (Foto AP/Alex Babenko)

Militares ucranianos llevan el ataúd del soldado Danyil Smyrnov, de 21 años, que murió en combate, durante su funeral en Kiev, Ucrania, el jueves 3 de septiembre de 2026. (Foto AP/Alex Babenko)

Martha Argerich y los índices

— En las charlas públicas y en las entrevistas que te hicieron estuviste hablando bastante de música, cuando por ejemplo mencionaste que Limonov, el escritor y político en el que se basa tu libro, como personaje podría ser descripto como un allegro vivace.

— Sí.

— En Yoga, en cierto momento hablás de un momento particular de Martha Argerich que la muestra muy joven tocando La Polonesa de Chopin y destacás el minuto exacto del video en el que una sonrisa suya es como una invitación al Paraíso. En Koljós volvés a hablar de eso.

— Esa imagen es tan maravillosa.

— Quiero que me digas exactamente qué te fascina de esa imagen y también de Martha, claro.

— Ella es una de las pianistas más importantes que hay y además es hermosa. Es excepcionalmente bella. Martha Argerich era muy joven en ese video y es como que te caés de culo por su belleza. Y es lo que describo, este momento, eso que ella está tocando hace que surja esa sonrisa como un hechizo. Es como pura felicidad.

— Sí, es como una sonrisa mística.

— Sí, pero infantil también. Creo que es algo maravilloso.

— En tu charla pública con Javier Sinay contabas algo muy interesante en relación a que con Yoga concebiste una nueva forma de trabajar los libros, a partir de una estructura integrada por capítulos que a su vez tienen fragmentos, algunos brevísimos, que llevan subtítulos. Desde el lugar del lector, la sensación que uno tiene es que podría leer una historia a partir de esos subtítulos.

— Hay una cosa que me encanta, y uno de los placeres de esto que mencionás es el índice. Me encanta eso. Me gusta la idea de pensar que, cuando lea el final del libro, el lector pueda mirar eso como un ayuda memoria de lo que se leyó.

— Volver a lo que se leyó.

— Sí, es eso. Es como si recordaras. A mí me importa mucho el efecto que produce un libro cuando terminamos de leerlo; esa mirada retrospectiva sobre lo que acabamos de leer. Es una de las cosas que me gustan como lector y como autor. Y me parece que este sistema de índice al final orienta y facilita ese efecto retrospectivo.

— Ahora que estamos mirando la tapa de Koljós, yo pensaba que la imagen que uno tiene de Hélène Carrère no tiene nada que ver con esta mujer joven, relajada y sonriente que se ve acá, junto con sus tres hijos. Me gustaría que me cuentes cómo eligieron esta foto.

— En los álbumes fotográficos de nuestra infancia había muchas fotos lindas y nunca hay una foto con los dos padres juntos. Pero eso era algo clásico. Siempre falta el que saca la foto. Y claramente era mi padre el que sacaba las fotos. A mí me parece que esta foto es encantadora porque vemos a mi madre muy joven, alegre, cariñosa. Me parece que es muy linda.

Entrevista con Emmanuel Carrere

Carrère, durante la charla con Javier Sinay en el MALBA. "Yo me considero en algunos de mis libros como un historiador amateur pero historiador al fin", dijo en la charla con Infobae.

— Se sabe que tu madre fue una historiadora consagrada, pero, en el libro, cuando hablás del trabajo de clasificación de archivos genealógicos de la familia de tu madre que hizo tu padre lo comparás con el trabajo de los historiadores de la Escuela de los Annales. Y me resulta muy interesante. Pienso que eso porque debe haber sido muy sorpresivo para vos.

— Sí, es paradójico y casi provocador lo que digo. Porque digo que mi madre era una historiadora profesional y mi padre un historiador aficionado, pero, en realidad, si miramos la concepción moderna de la historia, de cierta manera la forma de hacer historia de mi padre, que consistía -entre otras cosas- en escribirse con los curas rurales, está mucho más cerca de la Escuela de los Annales (N. de la R.: Corriente historiográfica que revolucionó el modo de contar el pasado que hasta entonces solo se basaba en grandes eventos), de Fernand Braudel, que de esas grandes síntesis perentorias que podía hacer mi madre.

Dos personas sentadas en sillones de cuero marrón detrás de una mesa de madera con jarras y copas de agua ante una pared de madera

Carrère y Leila Guerriero el viernes por la noche en la Facultad de Derecho, en el marco del FILBA.

— Sí, sí, exactamente, esa fue la sensación.

— Y también heredé algo de mi padre que es que yo me considero en algunos de mis libros como un historiador amateur pero historiador al fin, en ese rol. Libros como Limónov o El Reino, o este último, son libros de historiador también. En ellos intento trabajar con un material y un saber histórico. Y me parece que son libros confiables. Con El Reino (N. de la R.: un ensayo autobiográfico que investiga los orígenes del cristianismo), por ejemplo, estoy aportando mi granito de arena a una construcción bibliográfica. Se escribe tanto sobre esa obra bibliográfica, pero aporto yo mi granito. Y no recibí críticas de ningún historiador, no lo cuestionaron. Por el contrario, fue un libro fue muy bien recibido por las personas especialistas del campo.

— Sí, sí, me resulta muy interesante pensar la cantidad de escritores amateurs y profesionales de tu familia: además de vos, tu madre, tu padre, tu tío Nicolás.

— Es cierto, sí.

— Y pensaba también en tus ancestros, en la parte de tu familia que no conociste por una cuestión cronológica pero que pudiste conocer a partir del trabajo de archivo que hizo tu padre. Hablo de los rusos ricos que se exiliaron luego de la revolución del 17. Algunas de las imágenes me hacían recordar películas que vi en mi adolescencia como Pieza inconclusa para piano mecánico, de Nikita Mijalkov.

— Me encanta esa película. También La esclava del amor. Cuando piensas en el monstruo en el que se convirtió esa persona (N. de la R.: se refiere a sus vínculos con el Kremlin y a su apoyo irreductible a la guerra en Ucrania y a la represión de la oposición democrática rusa). Es un personaje siniestro, horrible, pero fue un cineasta maravilloso

— Asociaba con esa película, por ejemplo, la historia de la anciana prima Natasha, que en su minúsculo y lúgubre departamento parisino se preguntaba con asombro por las razones de la revolución y decía: “¿Pero por qué lo hicieron? Vivíamos todos tan bien. Les hacíamos tanto bien…”

— Sí, sí, sí “les hacíamos tanto bien”. Era un poco tonta también esta pobre mujer. Era muy buenita, pero era idiota.

Yoga, de Emanuel Carrere

"Yoga", el libro en el que Carrère narró su quiebre emocional y el tratamiento contra la depresión.

La mirada de mamá

— En Koljós narrás el romance de tu mamá con tu papá pero también aparecen otros dos hombres en la vida de tu madre, uno de ellos legendario, que la desea pero con quien no ocurre nada, que es el piloto afgano que quiso quedarse con ella cuando la conoció, y el otro, un amante real por quien estuvo a punto de romper su matrimonio, aunque terminó cediendo a la extorsión de tu padre, que amenazaba con suicidarse si ella lo abandonaba. El relato del piloto afgano era algo instalado en las leyendas familiares y tres días antes de su muerte, le pediste a tu madre que volviera a contarlo. Y además le pediste permiso para grabarla.

— Esta historia formaba parte de la mitología familiar. Nos gustaba que mamá nos contara esta historia porque era muy buena narradora. Podía ser graciosa, mi madre. No tenía humor porque el humor implica cierta distancia respecto de uno mismo y eso no era su punto fuerte, pero era una narradora que tenía humor. En los últimos días de su vida estábamos ahí y hablábamos de manera muy distendida. No había nada trágico, ella estaba totalmente preparada para la muerte. Realmente estaba calma, afectuosa. Y entonces le pregunté, así, al pasar, si podía volver a contarnos esa anécdota y aunque estaba debilitada, cansada, lo contó con mucho placer. Y cuando le dije si podía grabarla, un pedido que se podía entender fácil en relación a un posible libro, no hizo ningún comentario, simplemente me dijo: “Por supuesto”. Y ese pequeño detalle hizo que me sintiera autorizado, fue como si me estuviera diciendo: “Sí, sí, dale, hacelo”.

— Tus lectores conocemos la historia del enojo y la distancia con tu madre durante un par de años luego de la publicación de Una novela rusa. En ese libro contaste la historia de tu abuelo georgiano, su padre, a quien se llevaron un día cuando ella tenía 15 años y aparentemente lo ejecutaron por colaboracionista con los nazis. Hablo de ese abuelo que nunca regresó, tu abuelo desaparecido que, además, estaba del lado incorrecto de la historia, como solés decir. Lo que no sabemos bien, o por lo menos yo no recuerdo, es si ella hablaba de tu obra o si alguna vez te dijo sobre alguno de tus libros como éste es mi favorito o me encanta lo que hiciste acá.

— No. Pero creo una cosa: mi madre estaba muy feliz de que yo fuera escritor porque para ella no había nada mejor que eso. Era la actividad más valorada por ella, era algo estupendo. Y que mis libros hayan tenido éxito muy pronto también era muy importante para ella, que odiaba el fracaso. Las cosas tenían que salir bien. El “pequeño” problema era el tipo de libros que yo escribía. Creo que cuando había como escenas muy crudas no le gustaban. Y también el hecho de que yo haya escrito sobre esas cosas que ella quería mantener ocultas. Sobre mis libros siempre me decía que sí, que estaban bien, pero sin entrar en detalles.

Nota sobre Yoga de Carrere

"Una novela rusa" fue el libro en el que Carrère contó por primera vez la historia de su abuelo materno, acusado de colaboracionista y desaparecido.

— Siempre pensé que era como si tu madre hubiera sido en un punto quien puso la luz sobre la literatura y te llevó a ser escritor, pero que, al mismo tiempo, imponía tantos límites que su mirada tenía también mucho de censora. Como que esa mirada te enfocaba y te desenfocaba. Y en Koljós contás que, cuando murió, le cerraste los ojos. Y no pude dejar de asociar ese gesto con aquellas luces, aquellos focos, y esa mirada de tu madre.

— (N. de la R.: una vez más se queda pensando un momento) Es una hermosa idea. Es cierto que viví mucho bajo su mirada, una mirada que fue extraordinariamente amorosa y que luego se convirtió en algo muy duro. Sí estoy de acuerdo con lo que decís.

— Koljós, además de ser un libro de duelo, es un libro de perdón, de redención. Es un libro de reparación. Tuviste lo bueno y lo malo de tener vivos a tus padres hasta muy grande. Y eso tiene un peso importante, sobre todo siendo una persona importante como fue ella. Imagino que en algún momento rebelarse fue una necesidad también.

— En otra época.

— Claro.

— Sí, pero quiero volver a lo que decías. Mis hermanas y yo tuvimos suerte no solo de que nuestros padres murieran mayores sino que además estaban bien. Los últimos años de su vida mi padre estaba un poco estropeado pero mi madre permaneció en buen estado de salud hasta su muerte. Así que no tuvimos esta cosa tan frecuente de los padres con Alzhéimer o que hay que llevar a un geriátrico. Tuvimos mucha suerte y ellos también. Y en cuanto a mi madre, murió rodeada de sus tres hijos, lo que significa que, tanto para ella como para nosotros, fue espectacular porque mi padre era menos consciente pero mi madre tuvo la muerte que quiso. Y por eso también hay una parte de la tristeza que fue muy…

— Plácida.

— Sí, y que también quedó mezclada con la admiración. Los días finales de nuestra madre fueron lindos días, en realidad. Chapeau.

— Pienso en su entereza cuando te cuenta que está enferma y que tomó la decisión de ir a esa clínica a pasar sus últimos días. En ese momento, ella te consuela a vos.

— Sí, realmente tuvo tiempo para prepararse para su muerte. De prepararnos a los demás. Todas sus principales cualidades se revelaron en ese momento.

— Algo que pensaba sobre Hélène Carrère tiene que ver con su origen y su lugar en la cultura francesa. Teniendo en cuenta su origen y su vínculo indisoluble con lo ruso, ¿cuál fue la lengua materna para ustedes?

— El francés.

— ¿Y por qué no les enseñó ruso?

— Lamento mucho eso. No sé por qué. Es raro, pero yo pienso que aunque ella se convirtió en una especialista en Rusia lo que le importaba ante todo era ser francesa. Era una patriota francesa. Se consideraba como un producto de la meritocracia republicana francesa. Tenía una relación afectiva y profesional con Rusia, pero nos crio como unos pequeños franceses. Yo lamento mucho que no nos haya enseñado su lengua porque habríamos aprendido ruso de niños, pero sí lo que me quedó es que tengo un muy buen acento. Solo eso. Digo una primera frase y la gente piensa que soy ruso, y a la segunda se da cuenta que no tengo la sintaxis ni el vocabulario. Es como que tengo la música de la lengua pero no el vocabulario.

— No es un buen momento para el periodismo y los periodistas en el mundo. Sin embargo, sigue habiendo gente joven que quiere ir, ver y contar. ¿Considerás que hay alguna caja de herramientas fundamental que tiene que tener alguien que quiere dedicarse al periodismo, básicamente a la crónica?

— Hoy una parte de los jóvenes que van a lugares difíciles no solo escriben, filman con sus teléfonos. Así que esto cambió con el tiempo y esto cambió el periodismo. Yo tengo la suerte, por razones de edad y también de notoriedad, de que me dejen escribir en diarios de manera totalmente libre, y cuando digo libre no hablo solo de la libertad de opinión sino también de tener lugar donde escribir. Eso es esencial. Yo puedo escribir entonces largo y tendido. Pero eso realmente es un privilegio que los jóvenes rara vez tienen.

— Fue agotador me imagino, pero ¿cómo fue escuchar los testimonios en el juicio a los terroristas de París para hacer tu libro V13?

— Sí, fue agotador, efectivamente. Sí. Lo más interesante y lo más agotador eran los testimonios de los sobrevivientes. Los sobrevivientes, las familias, los allegados. Porque los interrogatorios a los cómplices, no se puede decir criminales porque no son las personas que mataron ya que los que mataron, murieron. Pero de ellos no me parecía nada interesante lo que decían. Eran unos idiotas.

— ¿No hubo nada revelador en esos testimonios en relación al mal, por ejemplo?

— En relación con el mal... en relación más a la boludez, a la tontería. Estupidez. No sé, busca la palabra que… Digo siempre que a las personas que escriben sobre temas de Justicia habitualmente les interesan más los criminales que las víctimas. En este caso era lo contrario, las víctimas o los sobrevivientes eran mucho más interesantes de escuchar que los malos.

Nota sobre Yoga de Carrere

"El adversario" cuenta la historia de Jean-Claude Romand, un impostor que a punto de ser descubierto asesinó a toda su familia. Fue el libro que lanzó a Carrère al éxito.

— Todo lo contrario a lo que te pasó con Jean Claude Romand, el protagonista de El Adversario.

— Exacto. Fue muy inesperado eso para mí, que me interesaran más las víctimas.

— Escribís muchas veces sobre personajes que no tienen nada que ver con vos. Debe ser muy difícil entrar en la cabeza de un asesino o de un fascista, o de un terrorista aunque también puede ser fascinante. ¿Hay algo del orden de lo moral que tenés en cuenta para escribir o pensás que la moral y la escritura son cosas no vinculadas entre sí?

— Para mí hay un solo principio moral: intentar no dañar. Sé que ese principio moral lo he transgredido. Yo lo transgredí, sí, claramente en Una novela rusa respecto de mi madre y de mi compañera de la época. Por suerte no sobrevino ninguna catástrofe. No lamento haberlo hecho pero no quisiera hacerlo de nuevo. Para mí es importante no herir. Ahora bien, los criterios son distintos si se trata de una persona privada o de una persona pública. Estimo que tengo derecho a herir a Emmanuel Macron por ejemplo, o a Limónov también, que era una persona pública y que no era una persona frágil. Pero este principio, cuando escribís sobre todo no ficción y estás abordando personajes reales, creo que es importante no franquear determinados límites que en otro momento sí hice.

— Cuando alguien escribe en primera persona surgen preguntas como, por ejemplo, quién es el dueño de la historia. Ocurre en las familias, en una pareja, en todos los vínculos.

— En Una novela rusa, el libro transgresor que hice, en una conversación con mi madre sobre eso me dice: “Te prohíbo que escribas, es mi historia”. Y yo le respondí, y ahí tengo razón, “es tanto tuya como mía. Así que no sos la dueña de esa historia”.

— En Koljós escribís algo muy conmovedor que dice así: “Creo que soy un buen padre y un amigo pasable, pero en pareja, tarde o temprano, llega la debacle. No es que sea incapaz de querer, pero el hombre amable y cariñoso que puedo ser –de forma muy sincera, y a veces durante varios años– puede transformarse de la noche a la mañana en un extraño frío y hostil. La vida conmigo es una montaña rusa y arenas movedizas. Siempre llega un momento en el que ya no saben a quién tienen delante (y ni yo mismo lo sé). O, mejor dicho, sí lo sé muy bien: soy el rostro de mi madre que se aleja sin remedio, soy la angustia sin fondo de mi padre”.

— Sí, me acuerdo. Me acuerdo perfectamente. Lo cierto es que mis padres eran una pareja disfuncional, como se dice, entonces uno se construye en espejo a la imagen de pareja que me ofrecían mis padres y no era una imagen fácil de llevar. La madre súper poderosa y el padre casi humillado, hay que decirlo. Porque es cierto. Y no es sencillo. Creo que hay algo que viene de ahí, la repetición de ciertos fracasos de pareja viene un poco por ahí.

— Y, no digo que lo hayas pensado conscientemente, pero ¿es posible que haya funcionado en vos la idea de decir: yo no voy a ser como este hombre?

— ¿Cómo mi padre? Sí. Y también está la idea, cuando soy niño, de “quiero ser el que mi madre quiere que sea” y cuando te volvés adolescente no querés ser lo que tu madre espera de vos. No querés ser la proyección del deseo de la madre.

— Recién dijiste a propósito de algunos libros que te trajeron problemas: no me arrepiento de haberlos escrito, pero no lo haría de nuevo. ¿Eso tiene que ver con la edad? ¿O con las cosas que perdiste por haber hecho daño?

— No, no es una cuestión de edad. No es necesario llegar a viejo para darse cuenta o tomar conciencia de cierto límite moral o ético. No creo que el hecho de escribir te permita todo. No es que tenés todo permitido o que tenés todos los derechos.

— Te escuché hablando sobre la IA pero me quedó una duda: ¿usás inteligencia artificial durante el proceso de escritura? ¿Consultás cosas con la IA?

— No, cuando trabajo no la uso. La uso un poco como motor de búsqueda, que en mi caso destronó a Google en ese sentido. Al mismo tiempo, me rompe un poco las bolas porque, fuera de las visiones apocalípticas que tenemos sobre la IA como algo que va a matarnos, reemplazarnos, todo eso que dicen los insiders que después se convierten en los que alertan al mundo, la usamos todos. Ellos saben, entonces tienen motivos para decirlo así y me parece que tienen razón, pero lo apocalíptico es hipotético, en cambio lo que sí es cierto, y no es hipotético porque es la verdad 100%, es el carácter de destrucción total por la existencia de los data centers que se instalan por todas partes y que se tragan la energía del planeta. Y esa certeza me preocupa. Tengo ciertos escrúpulos para usar ChatGPT -no uso Claude- porque lo que pienso es que no hay que abusar de eso porque gasta energía, pero la verdad es que sí lo uso, aunque no para escribir. Nunca lo usé para escribir.

emmanuel carrere

Carrère, durante un desayuno del FILBA. (Jiniva Irazabal FILBA)

— Lo último que te quería preguntar tiene que ver justamente con el presente casi apocalíptico que estamos viviendo. Hablo de la dificultad para encontrar alguna clase de ilusión. Y Del apocalipsis en términos tecnológicos pero también en cuanto a las ideas, la política y los liderazgos. Volviendo a Putin, que fue un pionero en el liderazgo sin modales, es como si hubiera conseguido propagar eso muchos de sus valores y terminara siendo casi un gurú de algunos de los líderes que hoy estamos viendo.

— Es casi el único a quien Trump respeta.

— ¿Cómo imaginás un mundo así? Nosotros no vamos a estar, pero van a quedar nuestros hijos y nuestros nietos.

— Sí, no voy a decir nada original: estoy espantado por el mundo en el que vivimos. Y en el que van a seguir viviendo nuestros hijos y nietos. Yo tengo un nieto. Yo soy un baby boomer tardío y nosotros tuvimos una suerte increíble. Vivimos un mundo mucho más agradable, mucho más fácil. Querías ser periodista, había diarios que tenían dinero para pagarte y para mandarte a hacer reportajes por el mundo. Todo era más sencillo.

Un hombre con chaqueta marrón está de pie frente a estanterías de madera repletas de libros en una librería.

Carrére: "Yo soy un baby boomer tardío y nosotros tuvimos una suerte increíble. Vivimos un mundo mucho más agradable, mucho más fácil". (Imagen Ilustrativa Infobae)

— ¿Y, en este marco, te imaginás a la ultraderecha gobernando en Francia?

— Hay serias posibilidades de que suceda. No es seguro, tenemos todavía unos meses por delante durante los cuales, espero, pueda desmarcarse algún candidato de centroizquierda o centroderecha, en realidad me da lo mismo. Lo que sea. Lo esencial es que haya un demócrata adecuado. No sé si surgirá alguno, pero eso es lo que espero.

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